Posted: Sunday 25 September 2011 - 0 comment(s) [ Comment ] - 0 trackback(s) [ Trackback ]
Category: General
 

 
La pianista Venezolana residenciada en Londres, Clara Rodríguez y sus amigos, trajeron los cautivadores y exóticos ritmos y sonidos de Sur América, en un concierto de música de cámara deliciosamente relajante en el Purcell Room del ventoso Southbank. Clara abrió el concierto con una interpretación apasionada y dramática de la pieza de Heitor Villa-Lobos 'Impressoes seresteira' (Impresiones de un músico de serenatas), el segundo movimiento de su Ciclo Brasileiro; y una pieza que sugiere a un "Rachmaninov latino" con sus grandiosas escalas y conmovedoras melodías. Después los amigos, todos compañeros venezolanos, se unieron a Clara en el escenario -el flautista Efraín Oscher, el guitarrista Christobal Soto, el bajista Gabriel León y el percusionista William Sifontes- y explicaron que las piezas a ejecutar nos llevarían en un viaje musical "de Cuba a Argentina". Con títulos evocativos como 'A fuego lento', 'Mañanita pueblerina', 'O ovo mosca' (la mosca voladora) y 'Romance de Barrio', y abarcando géneros tales como la Samba, el Tango y el Merengue, la música era por momentos alegre, rítmica y bailable, lastimera e inquietante, divertida y ocurrente, espontánea y enérgica. Al igual que los músicos, claramente buenos amigos y compañeros de música, adentrados en la ejecución, había la maravillosa sensación de una experiencia compartida: esto era música para los amigos, ejecutada por amigos, entre amigos. La audiencia respondió con entusiasmo, ovacionando y silbando, aplaudiendo fuerte después de cada pieza.
 
Desde la trágica samba argentina 'Alfonsina y el mar' (Ariel Ramírez), un tributo a Alfonsina Storni, quién se suicidó en 1938 precipitándose al Mar de Plata; pasando por un enérgico 'Joropo' (vals folklórico venezolano) de Moisés Moleiro; 'Caramba', una tierna y emotiva "canción de protesta" de un amante abandonado; hasta llegar al iconico tango de piano 'Adios Nonino' de Piazzola, escrito como un tributo a su difunto padre; y al entusiasta y entretenido número final 'Capullito de Alelí', del puertorriqueño Rafael Hernández. La música, interpretada de forma hermosa y expresiva, vividamente trajo a la vida los colores, miradas y sonidos de Sur América. Por momento, podíamos muy facilmente estar disfrutando de un relajante te de menta en un café de La Habana en los años 30s, acogiendo la poderosa y emotiva atmósfera de un bar de tango de Buenos Aires, o disfrutando de una caipirinha con vista a una playa de Río. Los ritmos sincopados contagiosos de la percusión, el son inolvidable de la flauta, el razgueado flamenco de la guitarra o de la mandolina,  un piano elegante y vibrante, el cual, a pesar de ser un gran Steinway, nunca tapó a los demás, esta era música para saborear -humeante y sensual, excitante, animada, sincera, hipnótica, boyante y vibrante. Por unas pocas horas, al menos, fue como si todos estuviéramos de fiesta.
 
Frances Wilson
14 de septiembre de 2011
 
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